Un amor perdido y el sueño americano

Por Eugenia Flores de Molinillo*

Los clásicos no tienen edad. El tiempo no los afecta y las sucesivas generaciones encuentran en ellos vida, con toda la riqueza que esta palabra -tan corta ella- implica. La misma relectura nos revela joyitas no advertidas antes. Creo que hay clásicos de invierno, como el Quijote y las sagas homéricas: se los disfruta hoy una hora, mañana dos, en la tibieza hogareña, donde nos esperan como un ser querido, como el café, quizá como el gato. El clásico de verano, en cambio, ha de ser corto, transportable y factible de terminar antes de que la rutina laboral nos invada: ¡cuántos libros nos gustaría releer, y cuántos, muchos más, son esos clásicos que no hemos leído porque no estuvieron de moda furiosa o porque creímos que viendo la película ya estaba todo dicho! De ahí es que me permito recomendar El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald. Sí, Robert Redford estaba espectacular, su amor por Daisy era conmovedor, la reconstrucción de época orillaba la perfección, pero el cine no captó al gran protagonista: el lenguaje, que es lo que da a esa novela de 1925 su dimensión clásica, su tinte histórico y filosófico, su mágica profundidad.
Porque Gatsby no es sólo la historia de un amor perdido, sino una metáfora de la historia de los Estados Unidos a partir de un hombre que dejó su casa para correr por el mundo y vivió aventuras en plena naturaleza, hasta conocer a la bella cuya voz tintineaba como el oro. Perdida ya, como el sueño fundacional de la nación, quiere recobrarla mediante la fortuna que logra a tal efecto con negocios turbios, con la errada idea de que el pasado es recuperable. Como al descuido, se lo menciona a Heráclito, y a Platón, y a Kant, prosapia de idealistas, y a Franklin, el pragmático cuya huella Gatsby pronto abandonara. El pragmático es aquí el narrador, Nick, cuyos pies plantados en tierra firme no le impiden admirar la capacidad de soñar de su vecino, esa cualidad que lo absuelve del error, pero no lo protege de la muerte. Claro que su historia, vemos, sigue viva.  © LA GACETA
* Profesora de Literatura norteamericana de la UNT.

FICHA
Título: El gran Gatsby
Autor: Francis Scott Fitzgerald
Género: Novela
Editorial: Scribner
Año de publicación: 1925

FRAGMENTOS
"Borrando cuatro años con aquella frase, podrían ellos, después, decidir sobre las medidas prácticas que se deberían tomar. Una de ellas era que, al recuperar Daisy su libertad, regresaran a Lousville y se casaran saliendo de su casa, como si todo estuviera sucediendo cinco años antes.
-Pero ella no entiende -dijo él-. Antes era capaz de entender. Nos sentábamos horas y horas...
Se derrumbó y comenzó a caminar por el desolado sendero lleno de cáscaras de frutas y papeles descartados y flores aplastadas.
-Yo no le pediría tanto- aventuré yo. No se puede repetir el pasado.
-¿Qué no se puede repetir el pasado?- exclamó él, no muy convencido-. ¡Por supuesto que se puede!
Miró a su alrededor con desesperación, como si el pasado acechara aquí, en las sombras de su casa, no muy lejos de su alcance.
-Voy a organizar las cosas para que todo sea igual que antes, hasta el último detalle-dijo, moviendo la cabeza con determinación-. Ella verá.
Habló largo sobre el pasado y colegí que deseaba recuperar algo, alguna imagen de sí mismo quizás, que se le había ido en amar a Daisy. Había llevado una vida desordenada y confusa desde aquella época, pero si alguna vez pudiera regresar a un punto de partida y la volviera a vivir con lentitud, podría encontrar algo...
...Una noche de otoño, cinco años atrás, habían estado caminando por la calle mientras caían las hojas, cuando llegaron a un lugar donde no había árboles y la calle estaba iluminada por la luna. Allí se detuvieron y se miraron. La noche estaba fría ya, llena de aquella misteriosa emoción que se da dos veces al año, con el cambio de estación. Las inmóviles luces de las casas susurraban en la oscuridad y las estrellas titilaban, agitadas. Por el rabillo del ojo vio Gatsby que las manzanas de la calle formaban en realidad una escalera que llevaba a un lugar secreto entre los árboles; él podría trepar, si lo hacía solo y una vez allí, podría succionar la savia de la vida, tragar el inefable néctar del asombro."


Relatos tucumanos

Por Jorge Estrella*

Los relatos de Octavio Cejas (algunos de los cuales recoge esta antología) merecen ser leídos no sólo porque revelan con intensidad la vida del tucumano montañés, sino además porque esa materia narrativa remonta hasta niveles de literatura universal.
La destreza de este escritor para testimoniar la naturaleza, los oficios, las actitudes de sus personajes, sus convicciones en un trasmundo de aparecidos bajo cuyo hostigamiento está obligado a transitar por la realidad, lo mismo que el vuelo poético de su prosa, recuerdan al universo que supieron construir escritores como Luis Franco, Atahualpa Yupanqui, Washington Ábalos o Juan Carlos Dávalos, entre otros.
Una fuerza, difícil de encontrar en la literatura urbana, desfonda la escritura de Octavio Cejas hacia el corazón criollo de este norte arisco, montaraz, cargado de misterios y soledades empinadas en altas cumbres. Y quien disfrute de la inmediatez de  la vida narrada hallará en los relatos de Cejas precisamente eso. ©LA GACETA

* Escritor, ex profesor de Filosofía de la Universidad de Chile.

FICHA
Título: Antología de cuentos
Autor: Octavio Cejas
Género: Cuento
Editorial: Feria del Libro
Año de publicación: 1998

FRAGMENTO
"Uno de los camperos había atado con las riendas su caballo en las raíces de un mato. Por un desecho procuraría cortar la huida de los torunos que se separaran, De repente, como brotados por una honda, aparecieron varios toros, vacas y algunos novillitos. La cabeza en alto, los morros húmedos, dilatadas las narices, venteaban. Al verse envueltos por los jinetes remolinearon asustados y, con los ojos turbios y saltándoseles de las órbitas, atropellaron ciegos. Dos toros de astas empinadas y puntudas, arremeten al caballo, y lo acribillan a guampazos, cortos, rectos, entre despavoridos relinchos. Uno de ellos, un yaguanés grande como carro, alza al flete por encima de su lomo y lo arroja desfondado en sangre y guano entre el yuyaral.
Así es como Chano Rosales, el alpachireno, queda a pie en medio de la corrida".


Mirando el mundo a través de las matemáticas

Por Julio Estefan*

La proporción áurea es un libro de divulgación matemática que no requiere mayores conocimientos que los adquiridos en la escuela primaria. Sin embargo, nos permitirá conocer uno de los secretos de la naturaleza que hacen que admiremos las rosas, las estrellas de mar, los caracoles o los brócolis. Conceptos que luego utilizaron los grandes artistas desde la antigua Grecia y el Renacimiento, hasta nuestros días.
Este es el primer libro de una colección de 30 títulos que la editorial RBA publicó en España en 2010 y que en la Argentina apareció en los quioscos de revistas a finales de 2011.
El protagonista principal es el "número de oro", que en matemáticas se simboliza con la letra griega O y que, tomando sólo cinco decimales, es 1,61803.
Pero, ¿por qué merecería nuestro interés? Corbalán nos contesta, en los cinco capítulos del libro, con descripciones, referencias, historias, anécdotas y, por supuesto, algunas hermosas deducciones matemáticas.
El número de oro ha dado lugar a una de las proporciones más armoniosas conocidas por el hombre. Luca Pacioli le dedicó un libro bajo el título de La divina proporción, y otros la llamaron "proporción áurea". La definición, en términos actuales, dice así: "El todo es a la parte, como la parte al resto". Cuando un rectángulo guarda estas proporciones, el cociente entre su lado mayor y su lado menor es ?. A la percepción humana le resulta simplemente "bello".
Terminada la lectura, veremos la conexión entre polígonos regulares, espirales, mosaicos que cubren el plano sin solaparse ni dejar huecos, obras de arte, construcciones arquitectónicas y un largo etcétera que se cuela sutilmente a nuestro alrededor.
En resumen: un libro altamente recomendable, que nos brindará una mirada diferente del mundo que nos rodea, mostrándonos que las matemáticas no son para unos cuantos privilegiados sino para todos nosotros. © LA GACETA

* Escritor y editor.

FICHA
Título: La proporción áurea
Autor: Fernando Corbalán
Género: Divulgación
Editorial: RBA
Año de publicación: 2010

FRAGMENTO
Mucho se ha escrito sobre el misterio que oculta la sonrisa más célebre de la historia del arte, pero además se puede aventurar una solución geométrica al enigma. Veamos qué ocurre si superponemos varios rectángulos áureos sobre el rostro de la bella Gioconda:

¿Tenía en mente Leonardo la proporción áurea a la hora de realizar su obra maestra? Afirmarlo resultaría aventurado. Menos polémico es aseverar que el genio florentino concedía gran importancia a la relación entre la estética y la matemática. Dejaremos la cuestión en el aire por el momento, no sin antes mencionar que Leonardo realizó las ilustraciones de una obra de contenido matemático, escrita por su buen amigo Luca Pacioli llamada De divina proportione, es decir, "La divina proporción".

Leonardo no es, desde luego, el único artista en cuya obra se deja ver la razón áurea y sus distintas manifestaciones, ya sea como razón entre los lados de un rectángulo o en formas geométricas de mayor complejidad. Numerosos pintores posteriores han recurrido a estos fundamentos teóricos, como por ejemplo el neoimpresionista Georges Seurat o el prerrafaelista Edward Burne-Jones. Por su parte, Salvador Dalí realizó con su lienzo dedicado a La última cena una obra extraordinaria, en la que la divina proporción posee gran protagonismo. No sólo en el lienzo de 268 por 167 cm, un rectángulo áureo casi perfecto, sino que, presidiendo la sagrada escena, se alza un monumental dodecaedro. Y es que los sólidos regulares que, como éste, quedan perfectamente inscriptos en una esfera, están íntimamente relacionados con el número de oro..."